UN AMO QUE MIRA LAS VIDRIERAS
por Gastón Cottino

“Todo lo que puede ocurrir de novedoso y que se llama revolucionario (…)

solo puede consistir en un desplazamiento de discurso”[*]

Jacques Lacan

 

Parto de dos premisas para realizar una indagación respecto de las formas que adquiere el amo en nuestro contexto.

Una de ellas no es generalizable: el amo no gusta y como no gusta se prefiere no verlo y no escucharlo, o lo que es lo mismo y peor, se lo endilga al Otro. Consecuencia uno, el racismo nuestro de cada día. Consecuencia dos, dormir el sueño de la bella indiferencia. Consecuencia tres, realizar una práctica sin poder efectuar una lectura cuando responde a tal lógica.

La otra, ya formulada por Lacan, es válida en lo universal y en lo particular: la ciencia toma el relevo del discurso del amo y ello tiene consecuencias en la segregación. Dicha lectura no siempre es evidente ya que no basta con considerar la exclusión en los términos habituales, más ligados a las ciencias sociales.

Al discurso del amo no es necesario ir a buscarlo a las violencias de ningún tipo, ambos elementos no se correlacionan necesariamente. Aunque el amo sí es aquel que procura que las cosas marchen, sin importarle saber al respecto.

En psicoanálisis no se puede soslayar que el inconsciente trabaja del mismo modo, ya que ambos discursos tienen la misma estructura. La cual también se puede dar en el discurso de la ciencia. Es debido a ello que el inconsciente se puede manifestar ante la ciencia como un hecho.

Pero veamos qué tipo de hecho. Se trata de una facticidad sintomática y discursiva que ya los histéricos del siglo XIX hicieron notar a la ciencia médica, a través de sus cuerpos, cuyos síntomas, no respondían al sistema nervioso central tal como aquella lo indicaba. Desde entonces esa facticidad quedó a la saga del saber, ocupando un lugar de desecho[1], épave, tal como lo dice Lacan con un palabra que no existe en castellano y sirve para indicar los “restos de un naufragio”.

Estos “restos” de un viaje ya sin rumbo, metáfora de la asociación libre, se constituyen en las ruinas de un “saber disjunto”; término que adquiere todo su valor en 1974, cuando los significantes S1 y S2 ya están más bien solos.

Para ello fue lógicamente necesario formular, en 1969, que por el discurso del amo se podía extraer un S1, semblante que da lugar al cuerpo como superficie de inscripción. Y luego ya sí, en el Seminario 21, el discurso del amo  permite leer un Uno solo y entonces la imposibilidad de que dos hagan uno, he allí lo real de la no relación sexual, deducida del primer discurso.

En ese seminario la “ciencia de lo real”[2] es puesta en relación con el S2 como real, saber que se desprende del inconsciente pero que es aislado gracias al discurso analítico, precisando a lo Real como tercero. En este cambio de coordenadas el inconsciente se deja escribir como inconsciente real, ubicándose en la parte inferior del discurso del analista, tal como se lo formula en “Televisión”. Este inconsciente será también el de los depósitos de la lalengua[3] y el de la “ranura del decir del verdadero”[4]. A considerar las consecuencias clínicas de dicho cambio en el concepto de inconsciente.

Pero volviendo a la asociación entre el discurso del amo y la ciencia, si bien ambos incluyen lo real, se tiene que la ciencia rechaza la causa de la verdad y por lo tanto también al sujeto, pues el consentimiento a la causa está en su condición misma de posibilidad.

Asunto que transciende a las implicancias que el discurso de la ciencia pueda tener sobre el investigador, en posición de tal, pues su impacto, del algún modo forclusivo, afecta a los cuerpos contemporáneos por múltiples vías.

Marie-Hélène Brousse trabaja este tema Resonancias nº 6[5]. Allí analiza testimonios de niños que estuvieron en campos de concentración nazis, partiendo de la premisa: “la relación del nazismo con la ciencia tiene que ver con la gestión de la población que habían decidido desaparecer, gestión totalmente racional, sin ninguna presencia de división subjetiva, de deseo, sufrimiento, culpabilidad”[6]. En estos amos nunca se pudo producir un encuentro con nada del orden de lo singular, más allá de su estructura, aunque esta fuese perversa.

Se abre una indagación de la mayor relevancia para la clínica, que parte de cómo un cuerpo puede ser modificado por la ciencia y qué valor tiene esto para la subjetividad. Por dar una pincelada, según el filósofo español Santiago Alba Rico: “El pasillo capitalista, negación de las cosas, fuga radical de los cuerpos, ofrece toda una serie de técnicas y procedimientos mediante los cuales se alimenta la ilusión de una permanente regeneración del sujeto, a imagen y semejanza no de Dios, sino de las mercancías. Si consumes esta marca, si usas esta crema, si vas a este gimnasio (…) no envejecerás nunca y, aún más, no morirás jamás”[7].

En este sentido, el amo en la época del Otro que no existe pone a la mano identidades ligadas al goce, en el contexto de una utopía utilitarista, adviniendo ese goce un amo para el sujeto[8], sea por el lado del objeto resonando en su fantasma, sea por el lado de un nombre.

¿Cómo pensar desde aquí a la toxicomanía, al consumo de objetos de desecho de la ciencia; a los métodos e instrumentos que regulan los cuerpos con fines adaptativos (vg. el foucaultiano chaleco de peso para niños autistas)? ¿Cómo pensar a personas cuyos padeceres son nombrados por la ciencia, desde algún manual clasificatorio (TDH, TEA, Bipolar) o algún déficit (discapacidad), definiendo tratamientos y políticas? ¿Y cómo a quienes ejercen esas prácticas, cuerpos también, atravesados por esos discursos cuando se plasman en una institución? ¿Acaso podemos hablar de “abandonados”[9] o “segregados” en personas que efectivamente reciben atención y cuidados?

Lo abierto de cada pregunta le hace lugar al uno por uno, subrayando la orientación de lo particular de la segunda premisa hacia lo singular. Es mi manera de entender aquello que subraya Eric Laurent: la formación del psicoanalista también consiste en poder leer a los síntomas de la época[10].

Ahora bien ¿No bastaría con una denuncia sobre “las miserias del mundo”[11], con una toma de posición política respecto de ciertos temas, o con diseñar una investigación sobre síntomas de la época, por ejemplo? Y según lo que venimos introduciendo ¿no deberíamos incluir aquí al discurso del analista?

Lacan funda su Escuela también como una institución que, entre otras cosas, implica el surgimiento de síntomas. Pero en sus primeras palabras hay ya una orientación al respecto: “fundo, tan solo como siempre estuve en mi relación con la causa psicoanalítica”. Causa que como tal adviene al lugar del Ideal, he allí el delicado trabajo que se realiza desde cada análisis. Es Miller, quien propone que en una Escuela de psicoanálisis cada uno es reenviado a la soledad de su relación con el S1 como Ideal, que no es otra cosa que eso que se le achaca al Otro a través de la institución y sus múltiples formas.

Lo anterior sería una condición necesaria para la lectura que el discurso de la ciencia propone desde el lugar de amo, en los cuerpos, constituyendo nuevos síntomas y no tan solo. Y he allí también el punto en el cual comienzan a reunirse las dos premisas de las que partió este trabajo. Pues ¿cómo interpretar las consecuencias del discurso del amo sin abordar primero los propios asuntos con el S1 para finalmente lograr colocar algo de la causa en su lugar? Y también ¿cómo leer esos síntomas, o esos cuerpos hablantes, si no es a través del discurso analítico?

Como se lee, son notas para una indagación por venir cuyas respuestas vendrán sin duda desde la clínica y cuyos antecedentes, a modo de breve muestra, encontraran en la bibilografía citada.

El amo, todos creemos que está ahí, enorme y visible como una estatua de Stalin cuya cabeza yace en el piso[12], rodeada de revolucionarios, pero no hay que fascinarse, el amo también está ahí, inofensivo, mirando las vidrieras en el sueño.

 

[*] Lacan, J. El Seminario: libro 18. De un discurso que no sea del semblante. Buenos Aires: Paidos. p. 26

[1]  ”l`inconscient est une épave du discours de la science” (En Resonancias nº 6 p. 50). Aquí Márie-Hèléne Brousse indica que épave es traducido como “desecho”, a falta de un término mejor en español, pero que sería más preciso considerarlo como los restos que deja un barco al naufragar

[2] Lacan, J. Seminario 21. Los no incautos yerran. Clase del 12/02/74.p. 89. Inédito (versión íntegra) Al comienzo de aquella clase se había repartido el texto “Televisión”, en donde el discurso de la ciencia es comparado, tiene casi la misma estructura que el discurso histérico.

[3] Cf. Lacan, J. “Radiofonía”. En Otros Escritos. Paidos: Buenos Aires

[4]  Ibid.p. 88.

[5] VVAA. Resonancias nº 6: Publicación del psicoanálisis de la región del nuevo Cuyo. Grama: Buenos Aires

[6] Ibid. p. 59

[7] Alba Rico, S. Ser o no ser  (un cuerpo). Seix Barral: Madrid. p. 254

[8] Cf. Laurent. E. “Los dos pliegues del síntoma y la institución”  En Cythere nº 2 Agosto 2019 www.revistacythere.com

[9] Para ampliar este punto, entre otras cosas, sugiero la reciente conferencia de Eric Laurent en la UBA “La época del sinthome”. En youtu.be/wuDkFM9ZrWo

[10] Cf. Laurent, E. “Las tres dimensiones de la Escuela y el lugar de la interpretación” En radiolacan.com/es/top y “Tres dimensiones de la Escuela” en Lacaniana nº 26

[11] Recordemos que Lacan, ante una pregunta semejante, propone no darle más consistencia a aquello y más bien se inclina por el giro discursivo hasta llegar al discurso del analista, con lo que luego será en inconsciente real, en su parte inferior. Esto sucede en la entrevista que JAM le hace para la televisión en donde le pregunta si los agentes de salud mental deben soportar la carga de la miseria del mundo y qué le cabe al psicoanalista ante ello.

[12]Son impactantes las fotografías de la revolución húngara de 1956

 

 

 


GASTÓN COTTINO

Practicante del psicoanálisis (EOL y AMP) con cierto gusto por la investigación, que esta vez se encontró con una pregunta de los amigos de Conversaciones, la cual, al señalar un lapsus en la escritura, permitió que el texto se oxigene, y sea re-escrito.