TALKING CURE, TALKING SICKNESS
por Andrés Romero

«Todas esas palabras, que no puedo ni quiero escribir, me desesperan

todas esas palabras, que de pudor no saben, hablan por mí.…»

Babasónicos, Aduana de palabras.

 

Hablar cura?  El vox populi dice que sí, y no nos es ajeno.  La vulgata psicoanalítica ha ayudado enormemente a difundir esta idea: hay que poner en palabras.  Pero si seguimos el arco de la enseñanza de Lacan hasta el final, no estaríamos tan seguros.

Freud, de la mano de sus primeras histéricas, pensó que sí.  La primera hipótesis realmente psicoanalítica de Freud fue que decir el trauma, recordar y poner en palabras la escena traumática, curaba el síntoma.  Pero aún para él, el desengaño llegó pronto, aunque su formalización llevó años.

Anna O., autora de la frase “talking cure”, vivió en carne propia que lo que cura no es hablar.  El desengaño amoroso que sufrió de parte de su amado Joseph Breuer le devolvió con creces los síntomas que la aquejaban.  Y como buena amante despechada, no quiso saber nunca más nada de psicoanálisis.

El germen del resorte del dispositivo analítico estaba ya allí, pero pasó de largo.  Para Freud la sorpresa llegó de la mano de otra paciente, Dora, que con sus resistencias abrió al austríaco la dimensión de la transferencia.  Como suele pasar en nuestra práctica, un fracaso viene a dar la clave. En este caso, la clave de que el analista, allí, es lugarteniente de otra cosa.

A partir de allí podemos ubicar que la palabra opera bajo transferencia.  Sin embargo, si nos quedamos solo con estos elementos, no saldríamos del reino de la sugestión.  Qué da su especificidad a la interpretación analítica?

Hizo falta la intrepidez de un psiquiatra francés para poner de relieve lo esencial del acto de interpretar.  La interpretación apunta a dejar al analizante sin palabras. La interpretación, en cualquiera de sus formas, es un corte.  Por supuesto, el efecto las más de las veces es momentáneo y las palabras retornan una y otra vez. Sin embargo, a lo largo del tiempo en el diván, existe la chance de que un ser hablante perciba que allí falta una pieza, y que los sentidos que conforman su vida son el entramado constante que insiste en cubrir ese agujero.  El inconsciente, entendido así, es aristotélico: se motoriza por el horror al vacío. Este vacío que es, a su vez, su causa.

Así lo dice Borges al comienzo de su cuento Ragnarok:

 

«En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos.»

Pero las imágenes de los sueños, están hechas de palabras.  Echamos mano a las palabras para hacer imagen de lo que es imposible de representar.  De otro modo las palabras estarían sueltas. Esto último lo testimonian algunos. Lacan se pregunta, en el seminario sobre Joyce, cómo es que la mayoría no nos damos cuenta de que las palabras nos parasitan, se nos imponen.

Frente al horror al vacío, adviene la enfermedad de las palabras.  Y no queda otra que enfrentar este vacío para poder hacernos un poco más amigos del parasito que, a la vez que nos habita, crea el mundo que habitamos.

Esa práctica novedosa, esa forma especial de lazo que busca hacer fallar a esa máquina de convertir horror en esfinges que es el inconsciente, es lo que llamamos discurso del analista.

Para terminar, me vino a la memoria que hace poco alguien muy cercano me trajo un aforismo de Antonio Porchia:

No descubras, que puede no haber nada. Y nada no se vuelve a cubrir.

El deseo del analista es contradecir este aforismo.

 

 

 

ANDRÉS ROMERO

Practicante del Psicoanálisis hace ya varios años.  Analizante hace muchos más.

Entusiasta de la formación.  Fan de la docencia.  Incursor en la cocina.

Visitante esporádico del mundo informático.