Ricardo Piglia

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El Richar cierra con llave y se sube al techo por las rejas de la ventana. Habían logrado acomodar una mesa con sillas, dos reposeras, su computadora y colchones; la heladera y el lavarropas quedaron abajo. Los perros les ladraban a los chicos desde el patio.

Ella de a poco va subiendo las plantas, empezando por los malvones, los necesitaba cerca. También la pelotita de los perros, así los chicos se la pueden tirar, al menos una vez al día.

Él baja una vez por día a buscar ladrillos. Día a día, va levantando una pared solitaria sobre el final, su oficio de constructor aun le dicta las horas.

El mundo que intenta ingresar por la pantalla, el despreocupado aburrimiento de los niños, el sol y un cielo profundo por las noches, le quieren decir algo que no sabe qué es y que tampoco le importa demasiado.

Esa pared que construye ya no da con ningún lado.