¿Qué se opone al fundamentalismo?
por Andrés Romero

Esa es la pregunta por la propongo orientarme en este breve escrito.

Partamos de la base de que el fundamentalismo implica una creencia religiosa o política basada en una interpretación literal de los textos.  Ya podemos empezar a ubicar lo que buscamos… del lado de las interpretaciones no literales.

Si una interpretación no es literal, es porque supone que allí puede leerse otra cosa.  Como mínimo supone una verdad que no es evidente.  Es un punto que nos importa muchísimo a los psicoanalistas porque, ya vemos, el Inconsciente, tal cual lo formuló Freud, supone que hay en lo literal algo distinto a leer.  Por lo que una manera de pensar el fundamentalismo es como aquello que se opone al significante, en tanto su significación es siempre variable, dependiendo con qué otro significante se encadene.

De este modo, podemos pensar el fundamentalismo como la creencia de que la Verdad se encuentra allí revelada tal cual es, y que no necesita de interpretación alguna.

Conocemos por muchos ejemplos las prácticas de poder que devienen de esta perspectiva.  Sin embargo, qué pasa cuando la Verdad pierde su lugar y deviene, digamos, moneda que cada quien puede acuñar a su antojo?

Entonces, esta es mi hipótesis, todo se vuelve un problema de fuerzas.  No hace falta recordar las guerras de antaño para ilustrar los problemas de poder que engendra la ausencia de Una Verdad – desde ya que no lo digo con ningún tono de nostalgia.  Podemos tomar como ejemplo lo que ocurre en las democracias de nuestro tiempo, cuando el hacer valer la propia verdad comienza a funcionar como un lobby, es decir, como un dispositivo de poder que se aviene a las leyes del mercado.  Tomemos como ejemplo de esto un sitio de Internet que todos hemos visitado alguna vez: change.org.  Cuanto más capital humano y económico respalda una protesta, esta es la lógica, más posibilidad habrá de hacer valer la propia interpretación de los hechos.

Entonces, otra manera de pensar lo que se opone al fundamentalismo, es el mercado de las verdades.  Y decía Lacan que la fe es una feria, hay tantas…

La feria de las verdades tiene, sin dudas, efectos subjetivos.   Son los que pensamos cuando decimos “decadencia del Nombre del Padre”.  Si el fundamentalismo es la ferocidad del Padre absoluto y su Verdad, lo indialectizable de su goce, la feria de las verdades deja al sujeto preso, sin saberlo, de los poderes del mercado, y con una ilusioria libertad de elegir según su criterio.   Incluso, un fenómeno relativamente reciente – las fake news – dejan esto al descubierto con total desparpajo, y quienes las producen, a sabiendas por supuesto, se amparan en que si significan una ventaja, por qué no utilizarlas.  Es el utilitarismo solidario al discurso del capitalismo.

Entonces, recapitulando, tenemos por un lado la feroz ignorancia del  padre, y por el otro los igualmente feroces poderes del mercado, y el sujeto errando en la feria.

El psicoanálisis no consiente ni con lo uno ni con lo otro, y debe vérselas con ambos.  Por un lado, Lacan postula la verdad como medio decir, que como mínimo la desposee del absoluto.  Pero también la ubica del lado de la ditmansion , es decir, de un lugar posible de ser habitado por el dicho.  Me interesa más tomar este último sesgo, puesto que la caída de la verdad absoluta no necesita del psicoanálisis para ser vox populi.

Un punto a pensar en esta dirección, es que de la verdad como lugar, es preciso no desprenderse.  Como ejemplo de esto Lacan toma a Wittgestein, en tanto representa para él a alguien que se desprende por completo del lugar de la verdad, y entonces no vacila en hablar de una “ferocidad psicótica”.

Si todo el problema se resuelve netamente en hechos de lenguaje, entonces no hay modo para el sujeto de orientarse.  Digamos así que no alcanza con que algo pueda formularse como hecho, pero tampoco podemos pensar en el referente como garantía – Lacan lo explicita en el Seminario X, diciendo que no existe el buen referente.

Para salir del aprieto es preciso a acudir a algo que, sin ser referente, se encuentre por fuera de los juegos de lenguaje.  Así podemos pensar en lo real.

Si la clínica analítica se orienta cada vez más por el síntoma, es porque en él se aloja una satisfacción opaca, la que Freud llamó “beneficio primario”, que al mismo tiempo no está sujeta a las leyes del sentido y sus verdades plurales y engañosas.  Creer allí, creer en el síntoma, parece ser una salida posible de la feria, del discurso del mercado, sin desembocar en el retorno feroz  al padre todo.

ANDRÉS ROMERO

Practicante del Psicoanálisis hace ya varios años.  Analizante hace muchos más.  Entusiasta de la formación.
Fan de la docencia.  Incursor en la cocina.  Visitante esporádico del mundo informático.