¿Qué escuchamos?
opinión de Marcelo Valenti

Elegí, no al azar, dos discos (dobles!) de 2 bandas emblemáticas, The Beatles y The Rolling Stones, talvez el anverso y el reverso de una misma moneda, de oro puro. Bien es sabido que la música ha unido a los seres parlantes  a través de los siglos, por miles y miles de años, mucho más que las otras artes, algo incorpóreo imposible de definir, un discurso sin palabras, y que como en el psicoanálisis, nadie tendrá la clave última, para algunos el centro de todo, para nuestra generación lo es y se llama ROCK, que obvio se nutrió de tantos otros géneros y estilos.

Comienzo por The White Album, llamado así por su blanca tapa minimalista, en 1968 «All you need  is love» ya había sonado en sincro en todo el planeta, estaba aun caliente el mayo francés, que con la revuelta de estudiantes universitarios y trabajadores asalariados catapultaba por los aires todos los discursos, en especial el del nuevo amo capitalista burgués, los Beatles habían encontrado y se habían decepcionado del gurú Maharishi en su retiro espiritual por la milenaria India, las relaciones entre ellos comenzaban a derrumbarse, aparecían nuevas partenaires( síntoma? ) como la artista japonesa Yoko con John, o la rubia fotógrafa Linda con Paul, su elaboración acarreó algunas verdades y muchos mitos, es cierto que se perfilaban rumbos diversos entre los fabolosos 4, pero tampoco fue un tormento como muchos creen, había fricción, si, pero el espíritu creativo transferencial estaba intacto, volvía a sus fuentes, se encontraron en la casa de Harrison, en los suburbios de Londres, con una consola de la misma calidad de Abbey Road, allí formaron el esqueleto de sólidas ideas que fueron vistiendo ( y desnudando ) desde la crudeza del grito (original? ) hasta la más despojada melodía, puro disfrute, y el resultado…, hay que ser marciano para no saberlo, es una obra que va desde la delicadeza de «Blackbird», «Julia», el simpático foxtrot de «Honey pie», la desgarrada furia de «Helter skelter» o «Dear prudence», hasta la conceptualista experimentación de «Revolution 9», dando el puntapié inicial de lo que vendría en la música de finales del sigloXX (y comienzo del actual ), resonando en cualquier músico que se precie como tal. Talvez como las infinitas capas de una cebolla ( escuchar «Glass onion» ) o de la verde manzana que era su signo, sus canciones dieron lugar a una revolución inconclusa, subversión que pudieron continuar Frank Zappa, Pink Floyd o King Crimson, y más acá Nirvana, Red Hot Chili Peepers, o Radiohead, y en Argentina Charly Garcia, Miguel Abuelo o un poeta de la talla de Luis Alberto Spinetta.

 

El otro lado de la cuestión es Exile on main Street, concebido para la misma época, considerada como la obra máxima de los Rolling Stones, que luego de piezas exitosas como Sticky fingers o Begger’s banquet, tienen que huir del Reino Unido por problemas judiciales/impositivos, recalando en una blanca mansión del Siglo XIX, en el soleado sur de Francia, entre palmeras y cipreses, con una larga escalera que llevaba a una paradisíaca playa solitaria; para ese tiempo ya le habían encargado el diseño del logo del grupo a Andy Warhol, y poseían un suculento contrato discográfico para poder expandir su creatividad conforme sus deseos, nada podía salir mal, grabaron en el húmedo sótano una incesante maratón musical que se extendía  por días y noches, algunos con la infaltable «ayuda» de sustancias prohibidas y otros como Jagger, manteniendo la disciplina y la ética de trabajo para llegar a buen puerto. Se obtuvieron verdaderas canciones que encerraban otras 10 cada una, Richards llegó a decir: «ponés a 2 de ellas en una habitación y pueda que tengan descendencia». En esos turbulentos años sesenta «Sweet black angel» daba cuenta de la protesta  contra el racismo, hacía poco había sido asesinado Martin Luther King y   Malcom X, su letra sin sutilezas decía: «She’s a sweet black  angel,  not a sweet black slave», gran testamento de una era, la puerta de entrada, hermosa y desenfrenada a los terribles( y psicodélicos) años ’70, pleno Vietnam y dictaduras en Latinoamerica. Exile tiene como la alquimia de distintos elementos que dan oro, al escucharlo uno se transforma en un Houdini, que en vez de escapar, busca entrar. De esos sonidos del blues y el jazz negro estaunidense ( música la altura de Mozart o Beethoven para ellos ), influenciados por Muddy Waters y Chuck Berry, amalgamados con el folk country blanco de  Johnny Cash o un primer Bob Dylan, dan una música sin grilletes ni cadenas, explorando un hedonismo sexual de una perfección insultante, encontrando el origen de algo, no se qué, un objeto preciado.

 

The Beatles, en 1968.

 


 

Tal vez este aluvión musical no se capte en forma directa a la primer escucha, sino que su sonoridad impacta en todo el cuerpo, llevándonos a otro lugar, a otro tiempo, dotándonos de calma y de vértigo en dosis diversas, con esos significantes, que como la opacidad del Inconsciente, o de la fluidez del sueño (donde el fantasma sigue construyendo mitos ), cuando creemos que los atrapamos se escabuyen. En ese caldo cultural de la época, tanto Beatles como Rolling Stones, resuenan en los saltos copernicanos que el mismo Lacan daba al mito freudiano, al agujerear  las estructuras propias del lenguaje por medio de los giros que los matemas de sus discursos le infligian. No existe humo sin fuego, ese fuego aun perdura, solo si sabemos extraviarnos en sus cautivantes llamaradas.

Marcelo Valenti

 

 

MARCELO VALENTI

Oriundo de dos ciudades, Mendoza y Bsas, médico psiquiatra y practicante de psicoanálisis, apasionado del Rock y del jazz, de Beatles y los Rolling Stones, de Bowie y de Prince, de El nadador de J.Cheever y del Ulysses de Joyce, del Arte contemporáneo y del cine de autor, de los vinos y los felinos, de la Política y de la Dolce vita, y de la incumbencia de todo lo femenino, que incluye a Zoe, mi hija, y a mi partenaire.