«Pensar era inútil como desesperarse…»
por Horacio D’Amico

“Pensar era inútil como desesperarse por recordar un sueño del sólo se alcanzan las últimas hilachas al abrir los ojos”

J. Cortázar

Después de cierto tiempo de construcción, uno ya podía imaginar que la lavandería iba a quedar chica pero como ya había imaginado lo mismo con otros espacios, al verlos delimitados con cal en el piso, en los que finalmente los ladrillos demostraban, por suerte, el error de mis predicciones, supuse que la misma suerte correría para la lavandería. Aun así durante el transcurso de la obra, iba tomando fuerza la realidad de las escasas dimensiones de ésta y lo que podría haber sido un desacierto más, ligado a mi imaginación y mi poca experiencia en construcciones, no lo fue. Cuestión entonces que la lavandería quedó chica. Ya en las etapas finales de la obra gruesa, tal como se dice, se nos presentaron ciertos dilemas relacionados a la distribución de los artefactos internos y también de la puerta de entrada. En una ocasión parados frente a la potencial lavandería, le propuse a la arquitecta que pensáramos de qué lado del marco íbamos a colocar la puerta, a los fines de aprovechar el espacio que era lo que no abundaba… “en estos casos, no hay nada que pensar, la puerta se coloca del lado izquierdo porque ya está estudiado que es lo mejor”… me dijo. Respuesta al estilo de un amo, discurso universitario mediante, que eludía lo particular de la situación, sostenida por andamios universales. La frase de Cortázar, en primera instancia y a partir de la consigna de esta sección, me llevó a ese momento. Frase que puntúo en lo que para mí constituye el núcleo de la misma y tomo en su sentido literal, “Pensar era inútil…” ¿Sería esta una respuesta posible desde el psicoanálisis y su clínica? Me pregunté en ese momento. Abro la puerta a la respuesta. Más allá de mi pregunta y la posible respuesta, en dicha situación se me aclaró algo de mi relación con el psicoanálisis, al partir de la posibilidad de cuestionar lo instituido, poniendo en tensión los marcos significantes y de goce de cada quien, alojando vía la escucha su particularidad.

Así al escribir esto se me presenta un recuerdo que me obliga a modificar estas líneas, tal como sucede en el análisis. Recuerdo que trae aparejada otra pregunta, otra respuesta, diferente en cuanto al contenido, pero similar en cuanto a la función de lo universal y otra vez lo que no encaja. Siendo niño, casi a la hora del almuerzo, deambulando por la cocina, al pasar frente al televisor escuché en el noticiero algo que detuvo mí marcha: arrestaban a un hombre por consumir drogas ¿Por qué lo arrestan si no dañó a nadie? pregunté a mi madre. “Porque drogado es un peligro para la sociedad”…   Respuesta que no me cerró, sino que abrió a otras preguntas y dejó algo  suspendido, como en stand by, como cuando el cansancio no nos deja seguir leyendo y utilizamos el separador para luego  volver a retomar esas páginas ni bien podamos.  Páginas que actualmente leo a través de la clínica que practico. “Se me cierra la cabeza…” es lo que refiere en sesión un paciente que se le presenta en reiteradas ocasiones en el momento previo a iniciar un consumo por demás compulsivo y de alto riesgo para él. Ese uno que no puede asociar a nada, aislado, desencadenado, que lo confronta a un real como el que subyace en la frase de Cortázar. Será un desafío apelar a la transferencia para abrir una puerta que le permita aliviar su sufrimiento.

 

 

 

HORACIO D’AMICO

Lo primero que hice cuando me enteré que se venía la cuarentena fue salir corriendo a comprar dos kilos de helado…

Practicante del psicoanálisis.