ph: Romi Abel (@romiabelph)

LA MUJER KETODA
por XIMOSTA

He sido convidada a esta escritura por una gran cómplice de todo cuestionar en materia conceptual. El tema sobre el que asimilo debo escribir es: el goce de la no toda. El goce de la mujer. La mujer como no toda, claramente. El goce “femenino”.

Trato entonces de escapar del sentido común y de toda la chatarra que éste tenga para decir acerca de “el goce femenino”. Pero tampoco tengo tiempo de una suerte de exégesis detallada sobre el tema, pues mis ocupaciones cotidianas, entre la maternidark y los trabajos, no me permiten ya casi leer. Tomo contacto una vez más con mi resentimiento de no poder ser una Victoria Ocampo dedicada a las letras y la cultura desde una casa chalet. O siquiera una estúpida Freijo. Busco en YouTube, entonces, para interiorizarme acerca del asunto. Allí me encuentro con un señor dudoso, una especie de pastor lacaniano, dedicado por completo a las sagradas escrituras del psicoanálisis francés. El señor es determinante e insistente: no existe el goce no fálico. Porque parece que, en rigor, no existe la mujer tampoco. No vamos a ser precisamente Freijo haciendo un escándalo porque la mujer no existe para Lacan, pues es largo de explicar y excedería este texto, pero no está mal que la mujer no exista teóricamente o incluso asumir que nunca tuvo digna existencia (la Simone misma lo dice mucho antes que Lacan, también en clave hegeliana como éste: “Él es el Sujeto, él es lo Absoluto; ella es lo Otro”); y para decirlo en criollo no vendría mal que cerraran ya ese antro de una vez, junto con el otro antro de los antros patriarcales, el hombre. (Leer a la Wittig, porfa).

Porque además Lacan se despega de la genitalidad, me explicaban previamente en una suerte de introducción básica y en el afán de salvarlo en estos tiempos queer que corren: el falo es el lenguaje; el falo es lo que aparece, lo que se muestra, lo alcanza la categoría de existente, lo real o por lo menos lo que se erige (aunque sea ficcionalmente) como real.

Pero aun así y de todas formas, no vamos a estar de acuerdo con que el único goce sea fálico. O discursivo, para empezar a decirlo sin tanto sesgo. Y esto más allá de lo que pueda decir “verdaderamente” Lacan o cualquier autore, pues no versa este ensayo sobre la hermenéutica de ningún encriptado texto. Puedo aquí aportar reflexiones en base a mi propia experiencia como lo que se dice mujer, madre, filósofa, amiga, astróloga, bailarina, analizante (un saludo para mi terapeuta a quien amo), etc. De todo un poquito, de nada demasiado.

Creo entender lo que en definitiva se sostiene acerca de que no puede haber existencia por fuera del discurso, es el aporte (y el reduccionismo) del posestructuralismo. Y podemos coincidir en que nuestra realidad está severamente configurada por el lenguaje, dado que el lenguaje crea permanentemente realidad, no se limita simplemente a describirla. Pero ¿por qué ese tozudo empeño en querer encontrar únicas causas, exclusivas direccionalidades, absolutos? ¿Por qué el lenguaje ha de ser lo único que permite la existencia y por ende el goce?

Yo, antes, cuando era asalariada, me dedicaba con pasión a hacer reduccionismos económicos: el sentido de todo, para mí, se estructuraba en orden a las relaciones de producción. Fue la astrología, la que me salvó de ese goce fálico (¿está bien usado?), el de querer reducir todo a cierta unicausalidad. La astrología, sí, ese saber ambiguo, incomprobable, incontrastable, acientífico, metafísico, me salvó. Y en todo mi derecho.

Les astrólogues medievales europees dividieron las energías cósmicas en los cuatro elementos que prefiguraron los griegos: fuego, tierra, aire, agua (podrían haber sido otros elementos, qué más da, para les antigües chines o hindúes eran otros). En función de esta ¿arbitraria, necesaria? división, lo que tiene que ver con la palabra y los procesos mentales corresponde al elemento aire; el orden de lo material está representado por el elemento tierra; la energía expresiva, intuitiva e individuante corresponde al fuego; el agua, por su parte, tiene que ver con el universo de las emociones y lo inconsciente. Verán, aquí, que para una cosmovisión como la astrológica, la palabra y sus funciones no son lo único que existe o puede dar existencia, así como tampoco lo material productivo clausura lo real.

Queremos decir, en suma, que en algunas aristas de las infinitas dimensiones de lo intransferible hay no sólo existencia, sino goce:

Cuando la poesía rompe desde la mismísima palabra las formas de la lógica verbal y nos invita al abismo; o cuando nos ofrece las palabras pero no ya en tanto significantes sino en tanto bocado que se lame y saborea y a veces también se escupe.

Cuando la danza va encontrando formas que ni siquiera son las de un cuerpo que se pueda nombrar bailarín, sino las de un cuerpo que sólo desde la carne y los huesos se va dibujando a sí mismo y se descubre un cuerpo otro, sorpresivo, impronunciable e inexplicable.

Cuando coqueteamos con el extraño mundo de los oráculos y los símbolos y jugamos a la vez que ejecutamos con seriedad el estallido del espacio/tiempo, y creemos (lo hacemos) abrir portales y dimensiones; cuando el símbolo puede ser una cosa y otra y otra en infinitas capas; cuando cualquier cosa puede volverse señuelo y señal.

Cuando aparecen emociones que pudieran catalogarse en la gama de lo que llamamos amor: un conectar con lo inconmensurable de le otre, no ya desde los añejos libretos dramáticos, patéticos y reproductores que nos apresan la mayor parte del tiempo, sino desde el abrirse y entregarse contemplativa y receptivamente a la maravilla incomprensible que significa la existencia y estancia a mi lado de ese otre.

ETCÉTERA.

¿Se trata de mudarse definitivamente al continente no-toda? Claro que no. Bancamos lo discursivo que ordena, comunica, genera consensos de realidad, nos ancla y da la vida en muchos sentidos. Y nos da el goce también en varios planos, es cierto.

A los cuerpos que hemos sido socializados como mujeres históricamente se nos ha privado de voz, de nombre, de entidad… de tanto, bah, ya lo sabemos. Por eso será que, aun habiendo algunas privilegiadas de nosotras que hemos podido acceder a las altas (o bajas) cumbres de la intelectualidad o la ciencia, nos es más fácil hacer el ridículo del baile, la poética, la psicosis esotérica colectiva o la locura de amor. Y esos espacios serán defendidos como trincheras, no solo para nosotras con A, sino para todes; y no solo como fuente de placeres, también como derecho e, incluso, como condición de posibilidad para que exista el otro goce, el legal, el discursivo.

Me da la sensación de que esta época que estamos viviendo es bisagra, a niveles que aún no alcanzamos a vislumbrar. Y queremos estar al ritmo: ¿De qué aventuras y corajes seremos capaces, entonces, en la búsqueda de la expansión de nuestros placeres?

 

 

XIMOSTA

madre, astróloga, profesora de filosofía, bailarina de danza contemporánea, escritora y editora.
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