la máxima tristeza

« Volver al inicio

Si bien soy bastante alegre, tengo una especial tendencia a la tristeza.

 Si de tristeza se trata me vienen a la cabeza muchos recuerdos , entre ellos se me hace nítida la imagen de una historia que paso a contar:

A un hombre, del que no me acuerdo su nombre, de unos cincuenta y pico de años, soltero, que vivía solo con su madre, se le había ocurrido darle un sentido a su vida y pensó en  hacer un gran negocio, el negocio del año, vender lechones para navidad. 

Se sabe que las chanchas blancas son de buena carne y  excelente para tener numerosas crías. Asique su buen plan para pasar el verano sin ajustes económicos a este hombre que no tenía ni chancha ni dónde tenerla, salió a comprar una y alquiló un predio cercano a su domicilio, A comienzo del año dio por comenzando su plan y la  empezó a alimentar. Todos los días le llevaba comida y la chancha creció, creció y creció. Tanto creció que llegó a pesar casi 600 kg, imaginan eso, era, lo que podemos decir: una chancha blanca obesa. 

Como 3 meses antes de las fiestas la chancha parió y tuvo 18 lechones, no defraudó porque eso es mucho, mucho, mucho, todo salió de acuerdo a plan y su orgulloso dueño tocaba el cielo con las manos. 

Allí, empezó su calvario. La chancha tenía muy buenas dotes pero justo ser buena madre no era lo suyo. Le habían dado tanto de comer que se movía con dificultad, solo quería seguir siendo alimentada, a eso estaba acostumbrada y además  tenía 18 hocicos  que alimentar. Permanecía la mayor parte del tiempo acostada, cuando se movía y lo que empezó a pasar, es que de a poco fue aplastando a cada una de sus crías y se fueron muriendo una a una. 

El alquiler del lugar se pagaba con lechones y eso era lo único que este hombre tenía, lo había invertido todo, por supuesto, no solo lo económico.

Quedaron 5 lechones y el hombre seguía sacando cuentas, resignado y desilusionado, mientras los engordaba y odiaba a la chancha. 

Todos los vecinos de la zona habían seguido con gran interés y envidia la historia de la chancha paridora, y también, testigos del padecer de su dueño a medida que se acrecentaba su pérdida. La cuestión es que una noche, ya cercana a las navidades, alguien rompió el alambrado y se robó los lechones que quedaban que ya estaban vendidos y cuando  el pobre hombre, al otro día fue a alimentar a los suyos, porque ya eran los suyos, se encontró solo a la chancha que no acusaba recibo y esperaba comida. 

Yo, que miraba de lejos, pero que también fui testigo, sentí una de las máximas tristezas que he vivido. Vi pasar delante de mí gran parte de la sustancia con que la historia de la humanidad ha sido tejida: la ambición, el alardeo, la envidia, el deseo de gloria, la cumbre y el ocaso, el odio encarnado, la traición y el corazón de goce que el mal engendra.

La máxima tristeza… fue descubrirme siendo parte de la especie humana.