Kind of blue de Miles Davis

“El silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de todos los ruidos”, supo decir Miles Davis y por aquella razón y quizás otras más, consideramos que interrumpir el silencio con un disco del príncipe de las tinieblas resulta siempre encantador.   
Que suene entonces Kind of blue, el clásico inmortal, el álbum más emblemático de la historia del jazz, una obra de rara redondez, inmaculada pero salpicada también de inagotables laberintos interpretativos. Esta delicia, aun para los oídos de los más profanos en el estilo, despierta sin esfuerzos con su arco musical inexplicable, sensaciones tan epidérmicas como insondables.
En un principio, todo nace de sus dos grandes amores: el vertiginoso sonido del Bebop, en los humeantes clubes nocturnos de la 52street, en una New York liderada por Charlie Parker y Dizzie Gillespie entre tantos talentos desconocidos, y el amor que azarosamente encuentra en una jóven cantante francesa, musa de los existencialistas, la refinada Juliette Gréco. Ella lo lleva a beber vino a esas terrazas “nouvelle vague” junto a un Sartre, una Simone de Beauvioir, a un Picasso, a un Boris Vian, plena liberación de los cuerpos y de las ideas luego del estrago de la segunda guerra con su inenarrable holocausto, del surgir del psicoanálisis lacaniano comandado por un deslumbrante Lacan, de la creatividad del Jazz que trasciende el lamento de los esclavos sureños y se plasma en una fiesta parisina interminable, siendo el elemento que representaba todos esos goces, sin segregación de ningún tipo ni especie. Cierta vez, el mismísimo Sartre le preguntaría: ¿por qué no te casas con Juliette? y Miles, mirándolo fijo le responde: ¡porque la amo! 
Pero retomemos el hilo que recorre 10 años antes, a fines de los 40’, en un viaje iniciático que realiza Miles al París de posguerra, hasta llegar al final de los 50, en los EEUU, cuando irrumpe esta elegante joya de la música planetaria. Para él, el jazz no era un qué .. sino un ¡cómo! y como y de qué manera emprende ese jardín de senderos que se bifurcan, una y “miles” de veces.
Fue nuevamente la música la que lo aleja de aquel callejón que lo mortificaba y hacía sucumbir, atravesando varias experiencias para llegar a ser una especie de Stravinsky con su despertar de la primavera, logrando un sonido con el que los amantes puedan “hacer el amor”, ya lejos del mero divertimento de los ritmos originarios, y en esos fortuitos cruces de deseos encuentra partenaires de la talla de un Coltrane, de un Bill Evans…entonces golpetea el bombeo del  corazón dando inicio a So what… y ya nada será igual, con un modo melancólico quizás, tal vez fruto de irredentos traumas siendo héroe por una vez, tal vez como afirma Lacan, la subversión, si es que existió en alguna parte y en algún momento, no está en haber cambiado el punto de rotación de lo que gira sino en haber sustituido un gira por un saber caer.