fuga (2)

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Hay un sueño.

Resulto que estaba en el metro de Madrid, y que la próxima estación era “Banco de España”. Mi desconcierto era mayúsculo, porque en el mismo sueño pensaba: “pero si ya estoy encerrado, no me basta esto que me meto en La casa de papel, para terminar ahí también entre cuatro paredes?” Tenía -en el sueño- una misión que cumplir, pero eso si diluía…¿que cornos hacía allí? No parecía haber fuga posible.

Hay un resto diurno. O dos. El primero, más evidente, es como hago con las horas que se transitan en estos días. Trabajo, lectura, y ver series. El otro: una conversación con una colega. Tenemos que encontrar un nombre para bautizar un proyecto que saldrá en breve. Es domingo y la noche empieza a instalarse en los ventanales de casa. Le digo: busco ese nombre hoy mismo con un sueño. Ella promete hacerlo con el medium de un malbec mendocino.

Mi desconcierto perdura. Busco en Google imágenes de las líneas del metro. Mientras, recuerdo que una analizante ha cruzado en estos días -en un viaje apocalíptico- de Sevilla a Barajas para subirse al último vuelo de Aerolíneas, objetivo que no logró ya que la empresa armó un listado nuevo de pasajeros. Ahora está a la espera de un 25 de mayo, día de una repatriación prometida. Antes de la cancelación, un oficial a cargo arma la lista preguntando por las prioridades de los pasajeros. Esta analizante me dice: “yo no me encontraba en ningún casillero”. Al estilo del sueño de la inyección de Irma, se cuela un autorreproche: no era momento de mostrar su histeria, eso ya lo debería tener en claro. Aunque quizás allí también radique el gesto rotundo de no consistir al Amo de turno, que ahora se llama “protocolo de asistencia a pasajeros”.

Ahora me digo: el sueño es una cinta de Moebius. Cuando creía estar en la calle, me encaminaba hacia una nueva encerrona. Por suerte, recuerdo, siempre hay un ventanal. A veces anuncia el anochecer, pero en algún momento mostrará el sol naciente.