ficcion

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Ricardo Piglia me enseñó en dos párrafos el poder estructurante de la ficción. Sus Diarios, los 327 cuadernos, performatizan aquello de que el yo no es amo en su casa. Hace con el autor, con su nombre propio o con Renzi lo que Duchamp, Schönberg y Joyce le hicieron a sus antecesores: funda una vanguardia. Ya nada fue igual en la escultura, la música o la escritura después del gesto moderno que implicó romper con sus ortodoxias y atreverse a dar el salto que renovó la idea de creación para siempre. Sin ellos no hubiera habido John Cage, Yoko Ono o David Bowie. Eso fue el siglo 20: el sueño estructuralista de cadena, ruptura y vanguardia. Muy poco antes, un sueño de Freud – otra ficción – funda el inconsciente. Se trata de la noche del 24 al 25 de octubre de 1896. Ha muerto su padre “…la muerte del viejo me ha conmovido profundamente…Ahora tengo una franca sensación de desarraigo”, le escribe a Fliess apenas un mes después. Del desarraigo a la carta, de la carta al sentido de los sueños, escribe su propia novela neurótica. 

Podría seguir este juego un rato largo, encadenando escenas, buscando lazos asociativos, marcando comienzos y finales. Podría armar un breve relato novelado de como se puede seguir el hilo rojo que conduce hasta la idea de ficción como elucubración. De hecho Lacan rescata el poder de las ficciones de un texto de Jeremy Bentham del siglo 18. Trescientos años de historia en el que estos señores se pasaron la posta – sin saberlo, claro – de la necesidad de poder soñar, esto es elucubrar, novelar, dar sentido, para poder dormir.

Pues bien,The dream is over. El siglo 21 fue debut y despedida. Una nada infinitesimal ha despertado al mundo de su bello sueño de continuidad y progreso. Pero no todo está perdido. Recordemos que el sueño es al inconsciente transferencial lo que la pesadilla al inconsciente Real. El primero es la vía regia. El segundo la posibilidad de inventar algo nuevo con los restos de lo anterior. 

Antes que todos vuelvan a dormir y cuando la pesadilla se retire, claro.