EL SABER… ¿NO OCUPA LUGAR?
por Gustavo Moreno

Su madre nació en un puerto y sus primeros días los vivió en un barco. Sus abuelos eran dos jóvenes campesinos del sur de Francia que, ante la noticia del embarazo, decidieron escapar de la crisis que azotaba a Europa fin del siglo XIX. Su padre, también campesino ya adolescente, realizó el mismo trayecto escapando de la Primer Guerra Mundial; las conversaciones con un compañero de travesía que se definía como “anarquista” lo marcaron para el resto de su vida.

Ella creció en una finca mendocina donde todo lo que consumían lo producían ellos mismos. No fue a la escuela. Su padre hizo de maestro de sus siete hijos. A los hombres les enseñó las tareas del agricultor, rudimentos de carpintería y construcción. La casa en que vivieron la construyó él.

Su madre y su abuela le enseñaron las tareas del hogar y la costura. Atravesó gran parte del siglo veinte convencida de que sabiendo cultivar, criar animales de granja, y administrar la austera economía doméstica bastaban para vivir. Lo básico de la lecto-escritura y el cálculo eran cosas que podían aprenderse en casa. No tenía la menor idea de las nociones de geometría y aritmética que aplicaba intuitivamente en las acciones que desarrollaba para diseñar y coser la ropa con que su familia se vestía. De viuda aceptó comerciar con esta actividad solo con vecinos y conocidos.

“El saber no ocupa lugar”, era una de sus frases repetidas.

 

Con los desarrollos de Lacan respecto a los discursos no debiéramos dejar de preguntar: ¿De qué saber se trata? ¿Qué lugar ostenta? y ¿en qué articulación discursiva está implicado?

El saber en juego en los discursos es siempre el mismo, en tanto intento de articulación del goce que las marcas primeras dejan. Ahora bien, en cada discurso el saber posee un lugar distinto y, como consecuencia, la intención última de domeñamiento del goce toma distintas vertientes.

Lacan marca un cambio discursivo radical, respecto al orden antiguo, a partir de la extracción del saber que el esclavo poseía en relación a su hacer cotidiano. El amo antiguo no necesitaba saber, solo daba la orden y todos al trabajo. El surgimiento de la universidad da cuenta de una independización del saber respecto a la intencionalidad de la producción. También implica un giro discursivo en el cual el saber pasa a estar en el lugar del agente del discurso.

El amo moderno avanza en la pretensión de construir clasificaciones universales que le permitan hacer del goce objeto de medición y clasificación, quedando el sujeto hablante abolido en su dimensión más singular. Si el goce es categorizable, cuantificable y si esto hace posible imaginar que autoriza a atribuirle una terapéutica estandarizada, se oculta así el carácter contingente con que el lenguaje afecta un cuerpo y determina al sujeto como respuesta en su singularidad de goce.

El discurso universitario, y los retoños con los que tan a gusto convive a saber la tecno-ciencia y el capitalismo, pujan por abolir la dimensión del sujeto, elevando la cuantificación y la estadística a un rango cuasi sagrado. Podemos pensar la particularidad de lo contemporáneo como el efecto de una fragmentación de lo simbólico donde los distintos discursos coexisten.

Miller afirmó en su seminario que “la universidad es un centro de tratamiento del inconciente real mediante el discurso universitario”, agregando, “les aplican saber en la herida, les vendan un saber, lo que por otra parte les evita, pensar.[1] Podemos extraer entonces la conclusión de que: mientras más acomodado se esté a las mieles del lugar del estudiante en el discurso universitario a más distancia se estará de la posibilidad de contagio de la peste que Freud forjó.

Sostener la apuesta de concebir al sujeto como “respuesta de lo real” es lo que hace del psicoanálisis un discurso que abre la posibilidad de alojar la dimensión rechazada, de diferentes modos, por los discursos imperantes. ¿Qué semblante conviene al analista hoy para sostener dicha apuesta? ¿Cómo elude el embate a degradar su acto en una acción protocolizada? El analista sostiene, en la abstención de intervenir desde un saber preestablecido, la espera de la contingencia que muestre el detalle donde se aloja lo particular de la respuesta del sujeto, allí donde se localiza el efecto parásito que el impacto del lenguaje dejó en su cuerpo.

El saber por el saber, el saber en posición de amo, en el discurso universitario, constituye un saber para dominar, para regular el goce. Miller dice que formarse en la universidad implica el supuesto de que “una formación es una empresa de dominación del goce a partir del saber”[2]  Podríamos nosotros preguntarnos entonces ¿Qué diferencia a la formación analítica de la universitaria? ¿Qué diferencia debe anidar en su centro la institución analítica para diferenciarse de la universidad en su transmisión?

Lacan dejó una orientación para ello ya que fundó su Escuela alrededor de un agujero, aquel que deja la pregunta, siempre abierta, de ¿qué es un analista?

 


[1] Miller, J.A.(2018) “Sutilezas analíticas”. Pág. 59. Paidós. Bs. As. (2011)

[2] Miller, J.A.(1989)”El banquete de los analistas” Pág.77. Paidós. Bs. As. (2000)

 

 

GUSTAVO MORENO

Prácticamente del psicoanálisis. Miembro de ACEP. Miembro de EOL y AMP. Docente del iom2 Mendoza.

Por fuera del psicoanálisis con curiosidad amplia e intermitente.