El amor: entre la inutilidad y los universales
por Marisa Muñoz

Yo no nací para el amor

pero lo invento para otros.

 Pedro Lemebel

 

El amor tiene historia acumulada, pequeñas y grandes historias: trágicas, felices, dolorosas, invisibles. La experiencia amorosa se alimenta de esas historias porque el amor es palabra, es signo, que marca nuestra afectividad, nuestra vida amorosa. Cuando hablamos del amor en primera persona ponemos en juego nuestra singularidad afectiva. Esto no significa que partamos de cero en el amor, pero nos da la posibilidad de instaurar un momento inédito de la experiencia amorosa en nuestras vidas.  Se trata de advertir que en los sucesivos recomienzos del amor se puede quebrar el absoluto/universal del relato amoroso en la medida en que se lo interrumpe, interviene o desvía.  Se crean y recrean así nuevas formas de establecer los vínculos, el lazo afectivo y se propician nuevas narrativas amorosas.

El amor es un afecto, una disposición anímica que es transversal a nuestras existencias. La vida y la muerte forman parte del amor, lo cualifican, lo inscriben en la contingencia de su advenimiento o permanencia. Se lo puede entender como un hacer y saber corporal. También como una interacción e intercambio humano que acontece en un espacio no exento de conflictos y regulaciones sociales, políticas, económicas y culturales. El amor, en algunas de sus aristas, puede ser entendido como un “gasto improductivo” o un “gasto inútil”, tomando estos términos de G. Bataille, quien puso en entredicho la urdimbre de la lógica capitalista vinculada a la producción, la ganancia, la adquisición. Mostrar el otro lado de la trama era advertir el derroche, la exuberancia, la

pérdida.

Robert Indiana, “Love” (Fotos de archivo de Christian Mueller/Shutterstock)

¿Por qué no aprender a decir el amor en primera y tercera persona? Reflexionar sobre la experiencia amorosa para abordar nuestras biografías y también para percatarnos de que hay otras posibles. Saber que hablamos de amor pero también reparar que somos hablados y habladas por el amor.

Convivimos con un legado amoroso de siglos. ¿Por qué no escuchar y entrever ese discurso amoroso, ese palimpsesto de signos afectivos que interviene nuestro presente?   ¿El amor es “puro cuento”? El poeta español León Felipe nos entrega unos versos reveladores: “Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos y sé todos los cuentos”. Dormir y despertar en el amor. Acunarse, abismarse, dolerse, escucharse en las tramas amorosas, en los infinitos posibles de nuestra singularidad afectiva. ¿No amar es posible? Es posible, tanto como amar. El amor es un saber paradojal. Roland Barthes escribe en Fragmentos de un discurso amoroso: “estoy en el mal lugar del amor, que es su lugar deslumbrante: ‘El lugar más sombrío -dice un proverbio chino- está siempre bajo la lámpara’ ”.

Necesitamos intervenir el concepto de amor, pluralizarlo para que afloren las diversas formas de amor, de modo que se advierta que en cada vínculo elegimos, lo sepamos o no, formas de desplegar el deseo, la pasión, los afectos, la experiencia amorosa.

El amor y las construcciones amorosas en algunos casos se acompañan de ansias de lo absoluto, anhelos de completud o de reparación, de trascendencia o de fusión. El final del amor acecha en los amantes, o el temor a la muerte de quienes amamos, o el no poder o no saber amar.  La violencia, el poder, la sujeción, también forman parte de las tramas amorosas, el amor también duele y oprime. Nuevas y viejas narrativas acontecen en la experiencia amorosa, algunas son disruptivas a lo que se espera sea el amor.

Pedro Lemebel, en el epígrafe del comienzo, condensa lo posible y lo imposible del amor: su demanda y su pérdida, los trazos inacabados del decir amoroso que siempre es invención en medio de nuestras existencias concretas.

 

 


MARISA MUÑOZ

Filósofa. Leer y escribir son mis modos de conversar.