Dormir para ver: la vida despierta de los sueños
por Socorro Giménez

En este momento extraordinario, mi amiga Lili me invita a escribir algo aquí sobre los sueños y la filosofía. No voy a escribir de filósofos, pero como una de las preguntas cruciales y siempre vigente de la filosofía es la pregunta socrática de cuál es la vida que merece ser vivida, recurro al pensamiento sobre los sueños para volver a hacer esa pregunta y responderla parcialmente (una vez más): una vida despierta. Hay muchos modos de estar despiertos.

 

Dormir para ver: la vida despierta de los sueños

Tengo respeto por los sueños. De niña me fascinó la historia bíblica de José, aquel soñador visionario hijo de Jacob, que, vendido como esclavo por sus propios hermanos, llegó a convertirse en el intérprete de los sueños, también proféticos, del propio Faraón. Y aunque no es tiempo de profecías, en un sentido bastante más modesto conservo la idea de que nuestros sueños pueden darnos a ver cosas que la vigilia ciega. Me gusta pensar que nos dan tregua, un espacio con otras leyes, una vida paralela también nuestra, pero a la vez ajena y misteriosa. A veces nos dan claves de sentido sobre la vida vigilante; otras veces no, o no las entendemos, y entonces uno los examina como quien lee una novela familiar enrarecida, como quien alucina algo que, a la vez, de un modo extraño pero también evidente, le concierne.

Me esfuerzo por recordarlos, pero a la luz del día son retráctiles como los caracoles cuando se los quiere tocar: se esconden. Hay que mirarlos de reojo, en modo todavía soñoliento, flotante, distraído, y hacer el paradójico esfuerzo de no forzar su captura. Se dejan ver mejor cuando una está blanda, poco voluntariosa. La alarma del despertador los ahuyenta casi inmediatamente. También tomar agua, darse vuelta, prender la luz (cosas que recomiendo si la pesadilla ha sido tan hiriente como para que el cuerpo despierte agarrotado). Para que la imagen volátil se despliegue suele ser mejor quedarse quieto y dejarla venir. Y si se ve que viene, agarrar papel y lápiz, porque es casi seguro que con el primer café ya se haya ido para siempre.

A veces pasa también que alguna escena del día convoca de manera repentina al sueño de la noche que creíamos perdido, y entonces esas imágenes-sensaciones se presentan de nuevo, parciales y confusas, como el eco de un sonido que habíamos olvidado; como si apareciera un intruso en medio de la reunión, la caminata o el trámite; un ovni atravesando el cielo diáfano; un idioma extranjero oído sin querer en la mesa de al lado, donde -apenas lo intuimos- se está hablando de algo que, aunque no comprendamos, nos interesa.

En tiempos extraordinarios y difíciles como éstos, el sueño se enrarece y los sueños también. Acontece el insomnio o se duerme demasiado, las regularidades se perturban. La consciencia apenas da abasto y los sueños, en cambio, trabajan a destajo; procesan, elaboran, alimentan. Entremezcladas con lo que llamamos pesadillas (los sueños del terror), aparecen también escenas luminosas en extremo, formas del paraíso. Dado que nuestra vida de vigilia ahora está en un vértice de total incertidumbre, quizá valga la pena más que nunca abrir el ojo interno dormido y prestar oído -lápiz y papel mediante- a lo que tanto nuestras pesadillas como nuestros paraísos soñados nos vienen a decir.

  

Remedios Varo, “Papilla estelar”, 1958. Óleo sobre masonite. 92 x 62 cm.

 

Restos del sueño

 

Hay restos del sueño que persisten

Enturbian la vigilia eficaz

Realzan gestos ínfimos

Imágenes lavadas

perdidos para el ojo cotidiano.

 

En horas del comercio

las grandes avenidas se estrechan,

las frases que eran nítidas son raras y amenazan,

las cuentas se entorpecen y falla la memoria.

 

Un rescoldo del sueño esta mañana

acalora las cosas:

las anima por dentro y las protege

del aspecto sabido y mentiroso de la luz.

 

 

 

 

SOCORRO GIMÉNEZ

Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Cuyo, y DEA en Estética por la Universidad de Barcelona. Es traductora freelance y desde 2009 trabaja como coordinadora de las publicaciones de Malba, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. También es poeta secreta, es decir, todavía inédita.