domingo

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No hace mucho tiempo  podía reconocer un domingo más allá de todo borramiento simbólico. Incluso si me hubieran encerrado en cautiverio, en una celda hermética para presos peligrosos, o en un monasterio tibetano sin contacto alguno con la palabra y el mundo exterior, yo hubiera sabido cuándo se trataba del domingo. Tenía para mí un gustito especial, un olor singular a tristeza, a saudade dicen en Brasil, como si hubiese sido escrito en lo real, haciendo agujero en lo imaginario del almanaque semanal

El domingo llevaba puesto, como un vestido que se adhiere a la piel, el peso familiar de la tradición. En domingo se oficiaban las misas y el fútbol, dos formas del rito, y tenían lugar los banquetes familiares. Pero de un tiempo a esta parte,  la tradición ha sido tocada por la globalización, que mete todo en el mismo lodo y se burla de las recetas y los cultos caseros. El domingo comenzó así a desteñirse con el olor del lunes, que es olor a trabajo y puesta en marcha y entonces perdió su rostro de impasse semanal. Del martes se contagió la prisa y el automatismo de repeticiòn poniendo ruido a las largas siestas que lo caracterizaban. Del miércoles robó el agobio y el cansancio y del jueves la ansiedad por el fin de semana. Del viernes, el domingo tomó la insolencia y los excesos. Finalmente, del sábado, su partenaire sexual de la noche anterior,  le quedaron asuntos pendientes que resolver-

Ya no distingo los domingos. Querría, pero no puedo. Sin embargo, el otro día, ya no sé bien de qué día se trata, soñé que era domingo. Tal vez era domingo mientras yo soñaba que era domingo, no lo sé. No recuerdo el contenido del sueño pero sé que soñé con mi viejo domingo porque había olor a tuco y alguien gritaba un gol. Puedo jurar que soñé con mi antiguo domingo porque sentí un afecto melancólico y bello a la vez, como las canciones de Serrat que sonaban en casa, los domingos.