desconcierto

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Los significantes son débiles frente a lo Real.  De allí la debilidad mental con la que Lacan nombra la condición de aquellos seres hablantes que no se cuentan en la psicosis.  Pero “desconcierto”, aún si allí resuena lo cierto -que difiere drásticamente de lo verdadero-, o tal vez por ello, me parece un nombre que acierta en este tiempo.

“Tiempo loco”, terminaba un verso que mi padre le enseñaba a mi hijo cuando él empezaba a formar palabras, y aunque no entendiese el chiste, se reía, seguramente por la música con que el abuelo lo recitaba.

Tiempo onírico, diría yo.

Hace ya varios años, la primera vez que viajé al exterior, tuve durante algunos días una suerte de pesadilla que me despertaba.  Yo estaba en aquel momento en Londres, de donde no quería irme nunca, y soñaba que despertaba en mi cama en Argentina.  Si no terminaba de ser una pesadilla, era porque constatar al despertar que aún estaba de viaje me generaba júbilo y alivio.

 

Una pregunta aparecía insistente en el umbral del despertar: “a dónde se fue el tiempo?”.

El tiempo onírico tiene, para mí, esa forma discontinua, disruptiva, que de repente nos ubica en otro momento y lugar sin solución de continuidad.

Este tiempo, que también irrumpe sin solución de continuidad en nuestras vidas, me provoca esa sensación.  No es un sueño, pero tampoco una pesadilla.  Más bien toma la forma de esa aparición incalculable que es la contingencia.  Y de repente, las cosas son como son, sin miramiento alguno de cómo eran y sin demasiada posibilidad de saber cómo serán.

En cuanto a este desconcierto temporal, lo muestran suficientemente la disparidad de respuestas.  Por un lado se abren paréntesis que parecen breves intervalos, por otro las cosas se transmutan y preparan como para que los cambios duren un siglo.  Lo inminente, lo apresurado y lo eterno se conjugan de manera  insospechada.  Y la creencia en nuestra propia eternidad, que ignora todo saber,  se conmueve.

El metrónomo no vuelve ya siempre al mismo lugar en su frecuencia inalterable.  El tiempo ha cambiado.  Es cierto.