Conversando con Silvia Hopenhayn
por Lucas Simó

¿Qué palabra se supone que fue la primera que pronunciaste?

La suposición puede ser un invento, ¿no? Realmente no recuerdo mi primera palabra, ni tampoco cuento con el anecdotario familiar que ilustre mi olvido… Me gustaría que fuese árbol, pero supongo que no es fácil de pronunciar en primeros balbuceos… La obsecuencia de la repetición me llevaría  a mamá o papá… Me quedo con Lalala, nombre musical de la niñera que nos cuidaba a los cuatro.

 ¿Qué es la palabra para vos?

Una creencia… Sí, creo en las palabras, y creo que es en lo único que creo, sencillamente porque  suceden. Dios no sucede. Las palabras sí. ¡Hay evidencias! Me sorprende cuando alguien dice una palabra y escucho la misma a unos pocos metros, como si estuviesen pasando de boca en boca, para que podamos decir algo. Al mismo tiempo la palabra es huella, cerco, lazo.

 ¿Cómo surge tu amor por las palabras?

¿También se puede inventar el amor, si no hay recuerdo? Podría evocar el amor de mi padre por las letras, su pasión por  El Quijote,  la poesía. Fue gran traductor y poeta, y en esas tareas -la del traslado de palabras o la visión fulminante del poeta-, algo se debe haber filtrado… La precisión, el permiso. Otra influencia, los árboles. Cuando por primera vez me trepé a uno, permanecí horas mirando el cielo, los pájaros, las hojas, algo del decir se estaba dando…

¿En qué soporte preferís las palabras?

¡Linda pregunta! Difícil elegir, son tan distintas… Mi elección pasaría más por la relación con ellas, si me gusta lo que leo, lo que escucho, lo que miro.

¿Si tuvieras que prescindir de la palabra cual sería tu manera de expresarte?

Táctil, probablemente. Tocando para expresarme.

¿A qué personaje histórico le hubieras quitado la palabra?

Esa es fácil, a Hitler.

Te faltan palabras ¿para?

¡Confío en que ellas vengan! Acordate que creo en las palabras. Pienso mucho en un poema de Baudelaire, “Correspondencias”, que comienza así “La Naturaleza es un templo donde vívidos pilares / Dejan salir a veces, confusas palabras/ El hombre pasa a través de bosques de símbolos /que lo observan con miradas familiares.” Lo tengo a mano, me hace pensar que la palabra co-responde.  Y cuando faltan, también están los lapsus que se hacen cargo, o los deliciosos neologismos.

 

¿Tenés alguna habilidad inútil?

¡Si! Qué suerte que me lo preguntas, se convierte en útil en este momento, al menos es una respuesta. Soy muy buena para chiflar, con las dos manos o una sola, dedo pulgar empalmado al índice. Mis amigos ya saben que si escuchan un chiflido, es probable que ande cerca llamándolos y se dan vuelta. Otra: hacer trencitos con la pólvora de los fósforos, abrir frascos. Uy, se me empiezan a ocurrir unas cuantas, mucho más que las habilidades útiles…

¿Que opinión personal te diferencia de la mayoría de las personas?

Quizá la de creer en las palabras… No es del todo una opinión aunque tengo fundamentos.

¿Cambiaste de opinión en los últimos tiempos sobre algo?

Todo el tiempo, cada vez que hablo con mi hija.

¿Qué libros te convirtieron o te transformaron?

Tengo la lectura más por sorpresa o enlace… Si tuviera que pensar en transformación, te diría que es permanente (inconstante también). Apelo mucho -por mí misma y por mi trabajo en los talleres-, a la relectura. Entonces volver sobre Alicia o Don Quijote, sobre Flaubert o Silvina Ocampo, ratifica el movimiento. El subrayado no es fijo, aunque en el momento parece que fuera para siempre.

¿A quién admiras por la manera de hacer con las palabras?

A muchos amigos, y a Inés (mi hija).

Tu palabra preferida es…

No tengo, digo la que me viene con tu pregunta: vertiente.

La palabra que te cause horror es…

Esa sí, violación.

¿Qué pregunta hubieras querido que te hiciera?

Me gustó contestar lo que me preguntaste, ¡no se me ocurre asignarte una pregunta que no me hicieras!

Silvia pregunta y Lucas responde

Te haría las mismas preguntas que me hiciste. Podría agregar un par:

¿A dónde van las palabras? ¿De dónde vienen?

Silvia Hopenhayn en cinco palabras…

Palabras, boca, juego, animales, niños, plantas.

 

 

SILVIA HOPENHAYN

(1966). Nací en dos lenguas con varios años de diferencia. Ni bífida ni bifurcada. Una en cada lengua. Silvia y Silviá. En una escribo, me divierto, converso y trabajo. En la otra rimo, canto y sufro. Leo en las dos para poder seguir viviendo en cada una. A veces se encuentran en sueños. Algunas coordenadas contribuyen con esta feliz bifurcación. Supongo que haber nacido en Santiago de Chile -por el azar de la diplomacia-, ser argentina -por herencia: la llana inmensidad de mi madre pampeana, el río de la Plata en su anchura literaria, de Onetti a Borges, de mi padre-, llegar a Ginebra en el 77 -nuevamente por azar, doloroso en este caso-, volver a la Argentina en el 83, etc, se relacionan con mi vaivén lingüístico.

Actualmente escribo y comparto lo que leo. Esto me llevó a publicar algunas novelas (Elecciones primarias, Ginebra, ambas en Alfaguara), a realizar programas de tv literarios (El fantasma en Canal à o Nacidos por escrito en Encuentro) y talleres de lectura en varios sitios (Malba, Bellas Artes, Alianza Francesa y @clasicosnotanclasicos).

Escribo por momentos, cuando llego a alguna parte. Leo lo que quiero –y puedo. Algo me sostiene ligeramente en el aire, de niña fueron los árboles, hoy más que nada se lo debo a los libros, la bicicleta y las personas.