Conversamos con Andrés Llugany

¿De qué modo surge tu vinculación con las expresiones artísticas como el cine, el cómic y la música? ¿Hay en esa relación un modo de dar respuestas a la vida?

Supongo que, más específicamente, es un modo de dar respuestas a una necesidad individual, que es la necesidad de expresión. La vida no me ha hecho muchas preguntas que deba responder, sino más bien se ha entretenido proponiéndome diversas obstrucciones a la expresión. Luego, cada método expresivo (el cine, la historieta, la música, la literatura…) me ofreció distintas herramientas para vencer esas obstrucciones; y desarrollar varios métodos expresivos me ha permitido conducir cada inquietud artística por el camino que me ha parecido el más adecuado.

Por supuesto, creo que siempre ayuda ubicarse en un entorno que acompañe esas inquietudes, y yo he tenido la fortuna de transitar espacios (la Escuela de Bellas Artes y la Escuela Regional Cuyo de Cine y Video) donde todos avanzábamos en el mismo sentido.

Baudrillard habla de lo transestético, un concepto que expresa la obscenidad de la visibilidad, de la transparencia inexorable de todas las cosas. Aun así, hay un sistema al servicio de poner fuera del alcance lo que no sería conveniente saber ¿Existe en lo que haces la intención de poner al descubierto aquello que la sociedad se obstina en disimular?

Podría decir que en algunas ocasiones mi obra ha respondido a determinadas cuestiones de actualidad social, aunque no diría que tengo una tendencia a “poner al descubierto aquello que la sociedad se obstina en disimular”, principalmente porque soy un mal lector de los intereses sociales. Sólo cuando algún aspecto de la realidad social me ha despertado alguna forma de preocupación, he tratado de volcar esa inquietud en mi expresión; pero no se trata de una respuesta a un humor social, sino la necesidad de establecer una postura personal al respecto. Lo hice, por ejemplo, con “La Visita De Cada Noche” (acerca del maltrato infantil), “Estanciero” (acerca de las políticas económicas neoliberales), “Última Guardia” (acerca de la deshumanización que trae la tecnología), “Los Emigrantes” (acerca de la emigración forzada), “El Rostro De Cristal” (acerca de la violencia de género)…

En relación a la época y considerando la democratización de la cultura, el objeto de arte tiene dos manifestaciones polares que se encuentran en una continua tensión: su valor de ritual y su valor de exposición. En este sentido, para Walter Benjamin, la posibilidad de venta de una obra puede considerarse el primer paso del proceso de pérdida del aura, de la autenticidad mágica del original. ¿Qué podrías decirnos al respecto, dado que el mercado juega a su vez su papel en la dotación de nuevos sentidos a la obra de arte, dado que, mediante la venta e intercambio de obras, las convierte en objetos de la economía del tráfico, y junto a la difusión masiva y el consumo disperso, conlleva una decadencia de la gran cultura?

Bueno, eso es fácil de decir para quien no está intentando vivir del arte… De todas formas, y aunque parezca contradictorio, no creo que haya que “pagar por arte”. Nunca debería perderse la posibilidad de acceso universal y gratuito a cualquier expresión artística. Quizás no podamos evitar que la obra en sí se transforme en un artículo de mercado, pero, al menos, debería poder garantizarse el acceso y disfrute a ella a quien lo desee. Los museos deben ser gratuitos, los cines deben ser gratuitos, los recitales deben ser gratuitos… Si la literatura tiene un espacio irrestricto de comunión entre la obra y el lector (las bibliotecas), ¿por qué las otras expresiones no lo tienen? El arte debería estar subvencionado en todas sus formas, el creador de la obra no debería depender de las ventas para poder comer… Eso termina por limitar la expresión de una forma mala, condena al artista al juego perverso de la oferta y demanda, y a opacarlo bajo los condicionamientos morales y sociales de la época y lugar en que vive; además de transformar el diálogo entre el artista y el espectador en un espacio exclusivo para quien puede pagarlo.

Particularmente, he llevado una vida muy ascética, comiendo arroz, viviendo solo, sin viajar ni comprarme celulares, y a la vez he explorado una forma de producción audiovisual liberada de exigencias industriales. Todo esto me ha permitido alejarme un poco de la necesidad de “vender mi obra”. Así, he podido sostener mis ideas en los hechos ofreciendo funciones gratuitas cada año y disponiendo toda mi obra fílmica en internet. Pero comprendo que, en ese sentido, no soy un paradigma a observar. En general, los artistas son personas con necesidades económicas reales y concretas, como cualquier otra persona. Y este mundo está diseñado para que el artista deba esforzarse por vender su obra, independientemente de cualquier discurso filosófico al respecto.

 

Ofrecer un arte al alcance de todos suele repetirse como un leitmotiv para desbaratar los circuitos económicos que transforman un objeto de deseo en un bien de consumo, donde incluso el artista es interpelado porque podría devenir en empresario destruyendo el origen mismo del arte. Es decir, que comienza una cadena de malentendidos en la que es difícil precisar las reglas del juego ¿Cómo arreglárselas con estas coordenadas?

Vaya, eso es exactamente lo que decía recién, aunque creo que yo hacía más hincapié en la tristeza del artista agobiado por los condicionamientos que en la corrupción de su naturaleza artística… Supongo que no hay mucho que hacer cuando el ser humano ha ido desarrollando en sus miles de años de existencia una compulsión por el dinero cada vez más poderosa y voraz, que transforma todo en mercancía de valor, incluso al propio ser humano. Es un mundo gris y doliente, donde el individualismo y el egoísmo ya forman parte indiscutible de la naturaleza humana, y donde los resplandores de color y música son apenas tenues lucecitas en la noche interminable.

Personalmente coincido con aquél concepto que Ortega y Gasset plantea en La deshumanización del arte, donde afirma que el artista nos deja atrapados en un universo abstruso, nos fuerza a tratar con objetos con los que no cabe tratar humanamente. ¿Persiste ese concepto o las expresiones artísticas sufrieron una metamorfosis al ser absorbidas por las leyes del mercado?

Como yo lo entiendo, la expresión artística es un reflejo indisoluble de su autor. Una obra es una ventana hacia el pensamiento, las emociones y las obsesiones de una entidad (individual o grupal), un espacio donde es propuesta una conversación y una reflexión. La relación que se establezca entre el observador y el artista dependerá mucho de cada situación. A veces es un encuentro intrascendente, no tan dramático como lo describen estos señores (Ortega y Gasset), y otras veces puede resultar en un trauma que cambia el curso de las vidas…

En cuanto a la pregunta, el cine, probablemente, sea la expresión donde más se nota la dependencia que un lenguaje artístico puede adoptar a las leyes del mercado. La respuesta económica de una obra audiovisual determina su éxito, su permanencia, su viabilidad como proyecto, y, en una instancia retorcida y cruel, puede utilizarse para juzgar su calidad y trascendencia. Esto ha motivado un enorme condicionamiento a la expresión artística audiovisual, generando igualdad de formas, miedo a la exploración, discursos débiles, superficialidad, desvinculación emocional entre la obra y el artista, y muchas otras desgracias.

Pero, bueno… hemos elegido el dinero como el lenguaje universal, y le hemos dado la fuerza suficiente para reglamentar al lenguaje artístico.


ANDRÉS LLUGANY

Primero historietista, algo de escritor, un poco músico, mediocre carpintero y bastante cineasta.
Sus más de 50 producciones audiovisuales están disponibles en internet:

www.andresllugany.wixsite.com/cine