[Columna] Cine entre viejos y sueños en cuarentena
por Sergio Romero

EL SUEÑO DE SER VIEJO

“O simplemente si todos

entendiésemos que todos

llevamos un viejo encima”

Llegar a viejo – Joan Manuel Serrat

 

En estos días, y a partir de los diálogos sobre películas y series recomendadas para matizar la espera, surgió esta invitación a la escritura, que agradezco[1].El disparador, en mi caso, fue “Lucky”, un film de 2017 que resultó ser el último en el que participó Harry Dean Stanton[2], aquel actor que encarnó a Travis en la inolvidable París, Texas, escrita por Sam Shepard y dirigida por Win Wenders[3].“Lucky” retrata la vida cotidiana de un hombre de 92 años en un pueblito del desierto californiano que un día pierde el conocimiento y se cae, obligándolo a sopesar y enfrentar su inevitable futuro cercano. La película, básicamente, da cuenta de los arreglos que se inventan algunos sujetos frente a la muerte y la pérdida.

Una escena increíblemente bella muestra a nuestro personaje invitado a un cumpleaños infantil mexicano con mariachis incluidos. Tras Las Mañanitas de rigor, de la nada, Lucky rompe a cantar “Volver, volver” poniendo en juego todo su miedo y su deseo[4].

“Voy camino a la locura / Y aunque todo me tortura / Sé querer” canta Lucky con una voz lábil y a la vez decidida. Y bien que lo sabe.  En su deambular existencial, va coexistiendo con su miedo, pero logra aceptar la inevitabilidad. Y seguir adelante.

Lo mismo ocurre con otro personaje central de la película, Howard, encarnado nada más y nada menos que por David Lynch, padre del director del film.

Howie vive solo con President Roosevelt, una tortuga, que ha desaparecido. Sus diálogos en el bar con Lucky y otros compañeros de copas, que por su registro surreal parecen escritos por el mismo Lynch, nos hablan de cuánto la extraña. Reflexiona y se debate hasta que también acepta.

“(…) Está bien, ya la dejé ir. Sigo pensando en todo el tiempo que estuvo planeando su escape y cuánto cuidado tuvo para que no pudiera encontrarla. Y luego me di cuenta de que no me estaba dejando. Solo se fue a otro lado a hacer algo que pensó que era importante. Incluso me sentí culpable por meterme en su camino por tanto tiempo. Así que dejé de buscarla. Si está destinado a ser, la volveré a ver. Sabe adónde estoy, y dejo el portón abierto.”

Qué diferentes son estos personajes al protagonista de “Nebraska”. En él, un anciano Bruce Dern encarna a Woody Grant, un habitante de un pequeño pueblo de Montana que obsesivamente quiere llegar a Nebraska para cobrar el supuesto premio de un millón de dólares que le anuncia una publicidad personalizada que ha recibido.

Woody está muy lejos de aceptar su realidad. “Quiero mi millón de dólares” repite al principio. Luego, ya en la ruta y cuando recala en su pueblo natal, lo da por hecho. “Soy millonario” afirma a quien quiera escucharlo.

Este pueblo, también de cuño lyncheano, con una familia densa y un ominoso personaje encarnado por Stacey Keach (¿se acuerdan de Mike Hammer?) se volverá una amenaza que crece a cada minuto para un Woody que no logra darse cuenta de adónde se está metiendo y juega con fuego.

Con una pizca de ingenuidad y grandes medidas de desaprensión, Woody enfrentará al monstruo que ha despertado: ese pueblo del que súbitamente se ha convertido en su hijo pródigo, y cuyos habitantes tras creer sus dichos, deciden que son sus acreedores por viejos favores realizados y quieren cobrarle a como dé lugar.

Woody y David, el hijo menor que decidió acompañar a su padre para cuidarlo en su delirio, pero también para intentar conectar con alguien que fue siempre un extraño para él – escapan del pueblo bajo el escarnio tras que Woody en una borrachera pierde el anuncio personalizado y este es encontrado y leído en voz alta para la burla pública en el bar local.

La historia de Woody parece irremediablemente encaminada al fracaso estrepitoso.

Sin embargo, la película narra un verdadero viaje iniciático en el cual el discípulo aprende de un maestro quebrado que lo enfrenta una y otra vez al sinsentido.

Al mejor estilo zen, David va asimilando y comprendiendo a su padre.  Y llega a aceptarlo.

En el viaje de regreso, le brinda la posibilidad a Woody de adoptar la impostura necesaria para recuperar su dignidad ante ese pueblo que lo denigró. Tras el golpe de gracia para Woody de darse cuenta de que no obtendrá su millón, David cambia su auto por una importante camioneta nueva, se la pone a nombre de Woody y lo invita a pasar por el pueblo. Woody despierta de su sopor, toma el volante y unos metros más adelante le pide a su hijo que se esconda. Va a disfrutar su momento.

Entonces, Woody puede hacerse “su” arreglo. Y aceptar(se).

Atravesado el pueblo y habiendo dejado boquiabiertos a sus habitantes, le entrega el volante otra vez a su hijo. Y siguen adelante.

La pandemia ha puesto a los viejos en el tapete. Y las historias que se generaron en las reaperturas de los bancos con viejos que se juntaron a charlar en las largas filas que se formaron sin respetar distancias, o aquellos que pasaron toda la noche haciendo cola para ser los primeros, generaron desaprobación, y expresiones de enojo y reconvención hacia ellos. “Al fin y al cabo los jóvenes debemos estar guardados por ellos, y ellos no respetan nada”, leí por algún muro y en algún feed.

Hubo también otros casos extremos como el de Italia, en que ambulancias y transportes que traían viejos al hospital del pueblo provenientes de un hogar de retiro, fueron apedreados por grupos de vecinos.

 

Especialmente, en estos tiempos en donde ser viejo, o soñar ser viejo, tiene ciertos tintes de pesadilla, el fantasma del Diario de la Guerra del Cerdo acecha y el estado de sitio selectivo ya es efectivo para ellos en algunos lugares, revisar cómo estos sujetos, personajes de estas películas, se paran frente a la situación y la enfrentan es un imperativo social responsable.  Una buena oportunidad para pensar qué respeto debemos tener hacia ellos, o sugerencia de cómo asistirlos y ayudarlos sin avasallarlos, sin que pierdan la oportunidad vital de ejercer su inalienable derecho de ser sujetos autónomos.

 

Sergio F. Romero

Guionista y productor audiovisual

sergio@blankspot.com.ar

Films y novelas citadas

  • Bioy Casares, Adolfo (2005 – orig. 1969) Diario de la guerra del cerdo. Bs. As.: Emecé Editores.
  • Lynch, John Carrol (director) (2017) Lucky. Color. 88 min. EE.UU
  • Payne, Alexander (director) (2013) Nebraska. B/W. 124 min. EE.UU
  • Wenders, Win (director) (1984) París, Texas. Color.

[1] Agradezco especialmente a Lilian Giubetich por la invitación y el hermoso título con que me desafió; y a mis compañeritas del grupo “chico” de “Cine y Psicoanálisis”, de la BOLM: Lilian, Diana y Gaby por seguir compartiendo.

[2] Harry Dean Stanton murió apenas dos semanas después del estreno comercial de la película.

[3] Trailer subtitulado en https://www.youtube.com/watch?v=HaoKIfDfDxc

[4] Pueden ver la escena en https://youtu.be/nPWfTtHHpZ0

 

 

 

SERGIO F. ROMERO

Guionista, productor y director audiovisual y transmedia; docente y consultor.

Curioso del psicoanálisis, entre otros temas.

Conversador entusiasta sobre libros, música, cine, series y alrededores.

Pasajero en tránsito.