Antídoto para contra los fundamentalistas de la lectura
por Lucas Simó

Entre las interminables sugerencias y recomendaciones para hacer en casa y estropear el tiempo ocioso en época de aislamiento social nos sugieren leer. Ya lo decía Fogwill, pensar es que no te hagan la lista del supermercado. Pero incluso, antes de la declaración de la pandemia y de desorden generalizado, la insistencia sobre la lectura ha sido y es recurrente, desde las instituciones educativas en todos sus niveles hasta discursos políticos hechos con slogans recalcitrantes usados para aggiornar idioteces demagógicas. Lo que sigue siendo aún enigmático es lo que se supone como lectura y más aún los efectos que se le atribuyen a la misma.

Ricardo Piglia, citando a Ezra Pound, escribe que “la lectura es un arte de la réplica. Los lectores entran en un mundo paralelo y a veces imaginan que ese mundo entra en la realidad”. Sería entonces fantástico que ocurriera que el interés fuera precisamente el invitar a alguien a que se precipite en una distorsión absoluta de la realidad para luego hacerla entrar casi de manera surrealista a la existencia, como si fuera posible no interrumpir el estado onírico aun estando en vigilia. Esa experiencia nada tendría que ver con los supuestos que profesan la posibilidad de disminuir el colesterol malo, aumentar el apetito sexual, incrementar el léxico o mejorar la calidad del sueño y saberse menos tonto para su entorno más cercano.

Siguiendo la pista de Roland Barthes, tropezamos con una expresión inquietante, donde anuncia que “el verbo leer, aparentemente es mucho más transitivo que el verbo hablar, puede saturarse, catalizarse, con millones de complementos de objetos: se leen textos, imágenes, ciudades, rostros, gestos, escenas…”. La pregunta inevitable y jamás formulada será ¿para qué seguir leyendo, todavía más? no es delirante responderse con un puñado de letras urgentes, porque por otro lado nada más material, dialéctico y tangible que una hilera horizontal de hormigas negras quietas ordenando un sentido. De manera inmediata hay que soplar sobre el acaudalado bagaje de lecturas en el que se supone que se forma el andamio cultural, social y óseo de la republica del ser humano.

Desmentidas las corrosivas maneras de socavar un pertinente interés en la lectura, cabe desalentar el renunciamiento y el rechazo deliberado a un divertimento excepcional, con lo que supone de vago en un falso orden. Descreer en el fundamentalismo que supondría un calvario de retinas dejándose caer por hojas interminables estaría en el principio de la incongruencia. Luego cabría pronunciar el relámpago sonoro que haga emerger el salto de un mundo a otro mundo con su terrible responsabilidad donde quizás retorcidamente solo, cada lector pueda interrumpir a su yo, volverlo ceniza para edificar una aventura singular lejos de una ciega sumisión.

Borges en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius invoca aquellos movimientos sofisticados y naturales del lector, por un lado como aquél que es capaz de construir un universo pero además un refugio frente a la hostilidad del mundo. Y nadie construye ni se pone a salvo de nada sin pérdida. Baudelaire lo supo expresar de un modo inmejorable al escribir que “el gusto por la ganancia productiva debe reemplazar, en el hombre maduro, el gusto por el desperdicio”. Seguramente la lectura siga siendo el desperdicio más exquisito que nos invita a chuparnos el dedo para dar vuelta la hoja.